La Divina Comedia

La Divina Comedia

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por esto que llevar el rostro gacho,

a aquel que vive aún y no se nombra,

miraría por ver si lo conozco,

para hacer que este peso compadezca.

Latino fui, de un gran toscano hijo:

Giuglielrno Aldobrandeschi fue mi padre;

no sé si conocéis el nombre suyo.

La sangre antigua y las gloriosas obras

de mis mayores, arrogancia tanta

me dieron, que ignorando a nuestra madre

común, todos los hombres despreciaba

y por ello morí; sábenlo en Siena,

y en Campagnático todos los niños.

Soy Omberto; y no sólo la soberbia

me dañó a mí—, que a todos mis parientes

ha arrastrado consigo a la desgracia.

Y aquí es preciso que este peso lleve

por ella, hasta que Dios se satisfaga:

Pues no lo hice de vivo, lo hago muerto.»

Incliné al escucharle la cabeza;

y uno de ellos, no aquel que había hablado,

se volvió bajo el peso que llevaba,

y me llamó al mirarme y conocerme,

con los ojos fijados con gran pena,

pues andaba inclinado junto a ellos.

«Oh —yo le dije— ¿No eres Oderisi,

honra de Gubbio, y honra de aquel arte


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