La Divina Comedia
La Divina Comedia Veía a Briareo, que yacía
en otra, de celeste flecha herido,
por su hielo mortal grave a la tierra.
Veía a Marte, a Palas y a Timbreo,
aún armados en tomo de su padre,
mirando a los Gigantes desmembrados.
Veía al pie, a Nemrot, de la gran obra
ya casi enloquecido, contemplando
los que en Senar con él fueron soberbios.
¡Oh Niobe, con qué dolientes ojos
te veía grabada en el sendero,
entre tus muertos siete y siete hijos!
¡Oh Saúl, cómo con la propia espada
en Gelboé ya muerto aparecías,
que no sentiste lluvia ni rocío!
Oh loca Aracne, así pude mirarte
ya medio araña, triste entre los restos
de la obra que por tu mal hiciste.
Oh Roboán, no parece que asuste
aquí tu efigie; mas lleno de espanto
le lleva un carro, sin que le eche nadie.
Mostraba aún el duro pavimento
como Alcmeón a su madre hizo caro
aquel adorno tan desventurado.
Mostraba cómo se lanzaron sobre
Senaquerib sus hijos en el templo,
y cómo, muerto, allí lo abandonaron.