La Divina Comedia
La Divina Comedia por la otra parte estaban las devotas
sombras, que por su horrible cosedura
lloraban y mojaban sus mejillas.
Me volvà a ellas y: «Oh, gentes confiadas
—yo comencé— de ver la luz suprema
que vuestro desear sólo procura,
asà pronto la gracia os vuelva limpia
vuestra conciencia, tal que claramente
por ella baje de la mente el rÃo,
decidme, pues será grato y amable,
si hay un alma latina entre vosotros,
que acaso útil le sea el conocerla.»
«Oh hermano todos somos ciudadanos
de una Ciudad auténtica; tú dices
que viviese en Italia peregrina.»
Esto creà escuchar como respuesta
un poco más allá de donde estaba,
por lo que procuré seguir oyendo.
Entre otras vi a una sombra que en su aspecto
esperaba; y si alguno dice "¿Cómo?",
alzaba la barbilla como un ciego.
«Alma que por subir te estás domando,
si eres —le dije— me respondiste,
haz que conozca tu nombre o tu patria.»
«Yo fui Sienesa —repuso— y con estos
otros enmiendo aquà la mala vida,
pidiendo a Aquél que nos conceda el verle.