La Divina Comedia

La Divina Comedia

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No fui sabia, aunque Sapia me llamaron,

y fui con las desgracias de los otros

aún más feliz que con las dichas mías.

Y para que no creas que te miento,

oye si fui, como te digo, loca,

ya descendiendo el arco de mis años.

Mis paisanos estaban junto a Colle

cerca del campo de sus enemigos,

y yo pedía a Dios lo que El quería.

Vencidos y obligados a los pasos

amargos de la fuga, al yo saberlo,

gocé de una alegría incomparable,

tanto que arriba alcé atrevido el rostro

gritando a Dios: «De ahora no te temo»

como hace el mirlo con poca bonanza.

La paz quise con Dios ya en el extremo

de mi vivir; y por la penitencia

no estaría cumplida ya mi deuda,

si no me hubiese Piero Pettinaio

recordado en sus santas oraciones,

quien se apiadó de mí caritativo.

¿Tú quién eres, que nuestra condición

vas preguntando, con los ojos libres,

como yo creo, y respirando hablas?»

«Los ojos —dije acaso aquí me cierren,

mas poco tiempo, pues escasamente

he pecado de haber tenido envidia.


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