La Divina Comedia
La Divina Comedia que no temen las trampas que las cacen.
No callaré por más que éste me oiga;
y será al otro útil, si recuerda
lo que un veraz espíritu me ha dicho.
Yo veo a tu sobrino que se vuelve
cazador de los lobos en la orilla
del fiero río, y los espanta a todos.
Vende su carne todavía viva;
luego los mata como antigua fiera;
la vida a muchos, y él la honra se quita.
Sangriento sale de la triste selva;
y en tal modo la deja, que en mil años
no tomará a su estado floreciente.»
Como al anuncio de penosos males
se turba el rostro del que está escuchando
de cualquier parte que venga el peligro,
así yo vi turbar y entristecerse
a la otra alma, que vuelta estaba oyendo,
cuando hubo comprendido las palabras.
A una al oírla y a la otra al mirarla,
me dieron ganas de saber sus nombres,
e híceles suplicante mi pregunta;
por lo que el alma que me habló primero
volvió a decir: «Que condescienda quieres
y haga por ti lo que por mí tú no haces.
Mas porque quiere Dios que en ti se muestre
tanto su gracia, no seré tacaño;