La Divina Comedia
La Divina Comedia gritando: «Martiriza, martiriza»,
y al joven inclinarse, por la muerte
que le apesadumbraba, hacia la tierra,
mas sus ojos alzaba siempre al cielo,
pidiendo al alto Sir, en guerra tanta,
que perdonase a sus perseguidores,
con ese aspecto que a piedad nos mueve.
Cuando volvió mi alma hacia las cosas
que son, fuera de ella, verdaderas,
supe que mis errores no eran falsos.
Mi guía entonces, que me contemplaba
como a aquel que del sueño se despierta,
dijo: «¿Qué tienes que te tambaleas,
y has caminado más de media legua
con los ojos cerrados, dando tumbos,
a guisa de quien turban sueño o vino?»
«Oh dulce padre mío, si me escuchas
te contaré —le dije lo que he visto,
cuando las piernas me fueron tan flojas.»
Y él dijo: «Si cien máscaras tuvieses
sobre el rostro, cerrados no tendría
tus pensamientos, aun los más pequeños.
Es lo que viste para que no excuses
al agua de la paz abrir el pecho,
que de la eterna fuente se derrama.
No pregunté "qué tienes", como hiciera
quien mira, sin ver nada, con los ojos,