La Divina Comedia
La Divina Comedia Y la sombra gentil, por quien a Piétola
más que a la propia Mantua se celebra
me había liberado de mi peso;
y yo, que la razón abierta y llana
tenía ya después de mis preguntas,
divagaba cual hombre adormilado;
mas fue esta soñolencia interrumpida
súbitamente por gentes que a espaldas
nuestras, hacia nosotros caminaban.
Como el Ismeno y el Asopo vieron
furia y turbas de noche en sus orillas,
cuando a Baco imploraban los tebanos,
así por aquel círculo avanzaban,
por lo que pude ver, quienes venían
del buen querer y justo amor llevados.
Enseguida llegaron, pues corriendo
aquella magna turba se movía,
y dos gritaban llorando delante:
«Corrió María apresurada al monte;
y para sojuzgar Lérida César,
tocó en Marsella y luego corrió a España.»
«Raudo, raudo, que el tiempo no se pierda
por poco amor —gritaban los demás—;
que el arte de obrar bien torne la gracia.»
«Oh gente a quien fervor agudo ahora
compensa neglilgencia o dilaciones
que por tibieza en bien obrar pusisteis,