La Divina Comedia

La Divina Comedia

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éste que vive, y cierto no os engaño,

en cuanto luzca el sol quiere ir arriba;

decidnos pues dónde hay una abertura.»

Estas palabras díjolas mi guía;

y uno de estos espíritus: «Seguidnos

detrás —nos dijo— y hallaréis el paso.

De movernos estamos tan ansiosos

que parar no podemos; tú perdona

si la justicia te es descortesía.

Yo fui abad de San Zeno de Verona

bajo el imperio del buen Barbarroja,

del cual doliente aún Milán se acuerda.

Y hay alguno con un pie ya en la fosa,

que pronto llorará aquel monasterio,

y triste se hallará de haber mandado;

porque a su hijo, mal del cuerpo entero,

y peor de la mente, y malnacido,

ha puesto en vez de su pastor legal.»

Ignoro si calló o si más nos dijo,

tan lejos se encontraba de nosotros;

esto escuché y me agrada el recordarlo.

Y aquel que en todo trance me ayudaba

dijo: «Vuélvete aquí y mira esos dos

que vienen dando muerdos a la acidia.»

Detrás todos decían: «Antes muerto

estuvo el pueblo a quien el mar se abriera,

de que el Jordán su descendencia viese.


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