La Divina Comedia

La Divina Comedia

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«Oh, Virgilio, Virgilio, ¿quién es ésta?»

—fieramente decía—; y él llegaba

en la honesta fijándose tan sólo.

Cogió a la otra, y le abrió por delante,

rasgándole el traje, y mostrándole el vientre;

me despertó el hedor que desprendía.

Miré, y el buen maestro: «¡Al menos tres

voces te he dado! —dijo—, ven, levanta;

hallaremos la entrada para que entres.»

Me levanté, y estaban ya colmados

de pleno día el monte y sus recintos;

con sol nuevo a la espalda caminábamos.

Siguiéndole, llevaba la cabeza

tal quien de pensanúentos va cargado,

que hace de sí un medio arco de puente;

Cuando escuché «Venid, aquí se cruza»

dicho de un modo suave y benigno,

que no se escucha en esta mortal marca.

Con alas, que de cisne parecían,

arriba nos condujo quien hablaba

entre dos caras del duro macizo.

Movió luego las plumas dando aire,

Qui lugent afirmando ser dichosos,

pues tendrán dueña el alma del consuelo.

«¿Qué tienes que a la tierra sólo miras?»

mi guía comenzó a decirme, apenas

sobrepasados fuimos por el ángel.


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