La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Vi que allí el corazón no se aquietaba,

ni subir más podía en esa vida;

por lo cual me encendí de amor por ésta.

Hasta aquel punto, mísera, apartada

de Dios estuvo mi alma avariciosa;

y, como ves, aquí estoy castigado.

Lo que hace la avaricia, se declara

en la purga del alma convertida;

no hay en el monte más amarga pena.

Y como nuestros ojos no pusimos

en alto, fijos sólo en lo terreno,

la justicia en la tierra aquí los clava.

Y como la avaricia a cualquier bien

apagó nuestro amor, y nuestras obras

se perdieron, nos tiene la Justicia

de pies y manos presos y amarrados:

y cuanto le complazca al justo Sir

inmóviles, tumbados estaremos».

Me había arrodillado y quise hablarle;

mas cuanto comencé, y él se dio cuenta,

de mi respeto, sólo al escucharle,

«¿Por qué te inclinas —dijo— de ese modo?»

y le dije: «Por vuestra dignidad

estar de pie me impide mi conciencia.»

«¡Endereza las piernas y levanta,

hermano! —respondió—, no te equivoques:

de un poder mismo todos somos siervos.


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