La Divina Comedia
La Divina Comedia ¡Oh avaricia! ¿qué más hacer puedes,
si de mi sangre así te has adueñado,
que no se cuida de su propia carne?
Por remediar lo hecho y lo futuro,
veo en Anagi entrar la flor de lis,
y en su vicario hacer cautivo a Cristo.
Le veo nuevamente escarnecido;
hiel y vinagre renovar le veo,
y entre vivos ladrones darle muerte.
Veo al nuevo Pilatos tan cruel,
que no le sacia esto, y sin decreto
lleva las velas avaras al Templo.
¿Cuándo podré alegrarme, Señor mío,
mirando la venganza que, escondida,
hace dulce el secreto de tu ira?
Lo que decía de la única esposa
del Espíritu Santo, y que te hizo
volverte a mí para que te explicara,
la letanía es de nuestras preces
mientras el día dura; y cuando marcha
es un contrario son el que entonarnos.
A Pigmalión recordarnos entonces,
a quien traidor, ladrón y parricida
hizo su desmedido afán de oro;
y del avaro Midas la miseria,
que siguió a su pedir desmesurado,
que será bueno reírla por siempre;