La Divina Comedia

La Divina Comedia

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«En la edad que el buen Tito, con la ayuda

del sumo rey, vengó los agujeros

de aquella sangre por Judas vendida,

con el nombre que más dura y más honra

vivía yo» —repuso aquel espíritu—

ya bastante famoso, mas sin fe.

Tan grande fue lo dulce de mi canto,

que, tolosano, a Roma me trajeron,

y merecí con mirto honrar mis sienes.

Por Estacio aún la gente me conoce:

canté de Tebas y del gran Aquiles;

mas quedó en el camino la segunda.

Semilla de mi ardor fueron las ascuas,

que me quemaron, de la llama santa

en que han sido encendidos más de miles;

de la Eneida te hablo, la cual madre

me fue, y me fue nodriza en la poesía:

sin ella no valdría ni un adarme.

Y por haber vivido cuando allí

vivió Virgilio, un sol consentiría

más del debido aún antes de marcharme.»

Se volvió a mí Virgilio a estas palabras

con rostro que, callando, dijo: «Calla»;

mas la virtud no puede cuanto quiere,

que risa y llanto siguen tan de cerca

la pasión que genera a cada uno,

que al querer menos sigue en los sinceros.


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