La Divina Comedia
La Divina Comedia Nos guiaba una voz que al otro lado
cantaba y, atendiendo sólo a ella,
llegamos fuera, adonde se subÃa.
'¡ Venite, benedictis patris mei!'
se escuchó dentro de una luz que habÃa,
que me venció y que no pude mirarla.
«El sol se va —siguió— y la tarde viene;
no os detengáis, acelerad el paso,
mientras que el occidente no se adumbre.»
Iba recto el camino entre la roca
hacia donde los rayos yo cortaba
delante, pues el Sol ya estaba bajo.
Y poco trecho habÃamos subido
cuando ponerse el sol, al extinguirse
mi sombra, por detrás los tres sentimos.
Y antes que en todas sus inmensas partes
tomara el horizonte un mismo aspecto,
y adquiriese la noche su dominio,
de un escalón cada uno hizo su lecho;
que la natura del monte impedÃa
el poder subir más y nuestro anhelo.
Como quedan rumiando mansamente
esas cabras, indómitas y hambrientas
antes de haber pastado, en sus picachos,
tácitas en la sombra, el sol hirviendo,
guardadas del pastor que en el cayado
se apoya y es de aquellas el vigÃa;