La Divina Comedia

La Divina Comedia

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y como el rabadán se alberga al raso,

y pemocta junto al rebaño quieto,

guardando que las fieras no lo ataquen;

así los tres estábamos entonces,

yo como cabra y ellos cual pastores,

aquí y allí guardados de alta gruta.

Poco podía ver de lo de afuera;

mas, de lo poco, las estrellas vi

mayores y más claras que acostumbran.

De este modo rumiando y contemplándolas,

me tomó el sueño; el sueño que a menudo,

antes que el hecho, sabe su noticia.

A la hora, creo, que desde el oriente

irradiaba en el monte Citerea,

en el fuego de amor siempre encendida,

joven y hermosa aparecióme en sueños

una mujer que andaba por el campo

que recogía flores; y cantaba:

«Sepan los que preguntan por mi nombre

que soy Lía, y que voy moviendo en torno

las manos para hacerme una guirnalda.

Por gustarme al espejo me engalano;

Mas mi hermana Raquel nunca se aleja

del suyo, y todo el día está sentada.

Ella de ver sus bellos ojos goza

como yo de adornarme con las manos;

a ella el mirar, a mí el hacer complace.»


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