La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Toda el agua que fuera aquí más límpida,

arrastrar impurezas pareciera,

a ésta que nada oculta comparada,

por más que ésta discurra oscurecida

bajo perpetuas sombras, que no dejan

nunca paso a la luz del sol ni luna.

Me detuve y crucé con la mirada,

por ver al otro lado del arroyo

aquella variedad de frescos mayos;

y allí me apareció, como aparece

algo súbitamente que nos quita

cualquier otro pensar, maravillados,

una mujer que sola caminaba,

cantando y escogiendo entre las flores

de que pintado estaba su camino.

«Oh, hermosa dama, que amorosos rayos

te encienden, si creer debo al semblante

que dar suele del pecho testimonio,

tengas a bien adelantarte ahora

—díjele— lo bastante hacia la orilla,

para que pueda escuchar lo que cantas.

Tú me recuerdas dónde y cómo estaba

Proserpina, perdida por su madre,

cuando perdió la dulce primavera.»

Como se vuelve con las plantas firmes

en tierra y juntas, la mujer que baila,

y un pie pone delante de otro apenas,


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