La Divina Comedia

La Divina Comedia

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volvió sobre las rojas y amarillas

florecillas a mí, no de otro modo

que una virgen su honesto rostro inclina;

y así mis ruegos fueron complacidos,

pues tanto se acercó, que el dulce canto

llegaba a mí, entendiendo sus palabras.

Cuando llegó donde la hierba estaba

bañada de las ondas del riachuelo,

de alzar sus ojos hízome regalo.

Tanta luz yo no creo que esplendiera

Venus bajo sus cejas, traspasada,

fuera de su costumbre, por su hijo.

Ella reía en pie en la orilla opuesta,

más color disponiendo con sus manos,

que esa elevada tierra sin semillas.

Me apartaban tres pasos del arroyo;

y el Helesponto que Jerjes cruzó

aún freno a toda la soberbia humana,

no soportó más odio de Leandro

cuando nadaba entre Sesto y Abido,

que aquel de mí, pues no me daba paso.

«Sois nuevos y tal vez porque sonrío

en el sitio elegido —dijo ella—

como nido de la natura humana,

asombrados os tiene alguna duda;

mas luz el salmo Delestasti otorga,

que puede disipar vuestro intelecto.


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