La Divina Comedia
La Divina Comedia Yo me volví de admiración colmado
al bueno de Virgilio, que repuso
con ojos llenos de estupor no menos.
Volví la vista a aquellas maravillas
que tan lentas venían a nosotros,
que una recién casada las venciera.
La mujer me gritó: «¿Por qué contemplas
con tanto ardor las vivas luminarias,
y lo que viene por detrás no miras?»
Y tras los candelabros vi unas gentes
venir despacio, de blanco vestidas;
y tanta albura aquí nunca la vimos.
Brillaba el agua a nuestro lado izquierdo,
el izquierdo costado devolviéndome,
si se miraba en ella cual espejo.
Cuando estuve en un sitio de mi orilla,
que sólo el río de ellos me apartaba,
para verles mejor detuve el paso,
y vi las llamas que iban por delante
dejando tras de sí el aire pintado,
como si fueran trazos de pinceles;
de modo que en lo alto se veían
siete franjas, de todos los colores
con que hace el arco el Sol y Delia el cinto.
Los pendones de atrás eran más grandes
que mi vista; y diez pasos separaban,
en mi opinión, a los de los extremos