La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Hacia arriba tendía las dos alas

entre la franja que había en el centro

y las tres y otras tres, mas sin tocarlas.

Subían tanto que no se veían;

de oro tenía todo lo de pájaro,

y blanco lo demás con manchas rojas.

No sólo Roma en carro tan hermoso

no honrase al Africano, ni aun a Augusto,

mas el del sol mezquino le sería;

aquel del sol que ardiera, extraviado,

por petición de la tierra devota,

cuando fue Jove arcanarnente justo.

Tres mujeres en círculo danzaban

en el lado derecho; una de rojo,

que en el fuego sería confundida;

otra cual si los huesos y la carne

hubieran sido de esmeraldas hechos;

cual purísima nieve la tercera;

y tan pronto guiaba la de blanco,

tan pronto la de rojo; y a su acento

caminaban las otras, raudas, lentas.

Otras cuatro a la izquierda solazaban,

de púrpura vestidas, con el ritmo

de una de ellas que tenía tres ojos.

Detrás de todo el nudo que he descrito

vi dos viejos de trajes desiguales,

mas igual su ademán grave y honesto.


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