La Divina Comedia

La Divina Comedia

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no se volvieran negras por el llanto.

«Dante, porque Virgilio se haya ido

tú no llores, no llores todavía;

pues deberás llorar por otra espada.»

Cual almirante que en popa y en proa

pasa revista a sus subordinados

en otras naves y al deber les llama;

por encima del carro, hacia la izquierda,

al volverme escuchando el nombre mío,

que por necesidad aquí se escribe,

vi a la mujer que antes contemplara

oculta bajo el angélico halago,

volver la vista a mí de allá del río.

Aunque el velo cayendo por el rostro,

ceñido por la fronda de Minerva,

no me dejase verla claramente,

con regio gesto todavía altivo

continuó lo mismo que quien habla

y al final lo más cálido reserva:

«¡Mírame bien!, soy yo, sí, soy Beatriz,

¿cómo pudiste llegar a la cima?

¿no sabías que el hombre aquí es dichoso?»

Los ojos incliné a la clara fuente;

mas me volvía a la yerba al reflejarme,

pues me abatió la cara tal vergüenza.

Tan severa cree el niño que es su madre,

así me pareció; puesto que amargo


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