La Divina Comedia

La Divina Comedia

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siente el sabor de la piedad acerba.

Ella calló; y los ángeles cantaron

de súbito: 'in te, Domine, speravi';

pero del 'pedes meos' no siguieron.

Como la nieve entre los vivos troncos

en el dorso de Italia se congela,

azotada por vientos boreales,

luego, licuada, en sí misma rezuma,

cuando la tierra sin sombra respira,

y es como el fuego que funde una vela;

mis suspiros y lágrimas cesaron

antes de aquel cantar de los que cantan

tras de las notas del girar eterno;

mas luego que entendí que el dulce canto

se apiadaba de mí, más que si dicho

hubiese: «Mujer, por qué lo avergüenzas»,

el hielo que en mi pecho se apretaba,

se hizo vapor y agua, y con angustia

se salió por la boca y por los ojos.

Ella, parada encima del costado

dicho del carro, a las sustancias pías

dirigió sus palabras de este modo:

«Veláis vosotros el eterno día,

sin que os roben ni el sueño ni la noche

ningún paso del siglo en su camino;

así pues más cuidado en mi respuesta

pondré para que entienda aquel que llora,


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