La Divina Comedia

La Divina Comedia

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De un modo tan veloz no bajó nunca

de espesa nube el rayo, cuando llueve

de aquel confín del cielo más remoto,

cual vi calar al pájaro de Júpiter,

rompiendo, árbol abajo, la corteza,

las florecillas y las nuevas hojas;

e hirió en el carro con toda su saña;

y él se escoró como nave en tormenta,

a babor o a estribor de olas vencida.

Y luego vi que dentro se arrojaba

de aquel carro triunfal una vulpeja,

que parecía ayuna de buen pasto;

mas, sus feos pecados reprobando,

mi dama la hizo huir de tal manera,

cuanto huesos sin carne permitían.

Y luego por el sitio que viniera,

vi descender al águila en el arca

del carro y la cubría con sus plumas;

y cual sale de un pecho que se queja,

tal voz salió del cielo que decía

«¡Oh navecilla mía, qué mal cargas!»

Luego creí que la tierra se abriera

entre ambas ruedas, y salió un dragón

que por cima del carro hincó la cola;

y cual retira el aguijón la avispa,

así volviendo la cola maligna,

arrancó el fondo, y se marchó contento.


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