La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Aquello que quedó, como de grama

la tierra, de las plumas, ofrecidas

tal vez con intención benigna y santa,

se recubrió, y también se recubrieron

las ruedas y el timón, en menos tiempo

que un suspiro la boca tiene abierta.

Al edificio santo, así mudado

le salieron cabezas; tres salieron

en el timón, y en cada esquina una.

Las primeras cornudas como bueyes,

las otras en la frente un cuerno sólo:

nunca fue visto un monstruo semejante.

Segura, cual castillo sobre un monte,

sentada una ramera desceñida,

sobre él apareció, mirando en torno;

y como si estuviera protegiéndola,

vi un gigante de pie, puesto a su lado;

con el cual a menudo se besaba.

Mas al volver los ojos licenciosos

y errantes hacia mí, el feroz amante

la azotó de los pies a la cabeza.

Crudo de ira y de recelos lleno,

desató al monstruo, y lo llevó a la selva,

hasta que de mis ojos se perdieron

la ramera y la fiera inusitada.


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