La Divina Comedia
La Divina Comedia será, que en Malta no hubo semejante.
Muy grande debería ser la cuba
que llenase la sangre ferraresa,
cansando a quien pesara onza por onza,
la que dará tan cortés sacerdote
por mostrar su partido; y dones tales
al vivir del país se corresponden.
Hay espejos arriba que vosotros
llamáis Tronos, y Dios por medio de ellos
nos alumbra, y mis dichos certifican.»
Aquí dejó de hablar; y me hizo un gesto
de volverse a otra cosa, pues se puso
una vez más en la rueda en la que estaba.
El otro gozo a quien ya conocía
como preciada cosa, ante mis ojos
era cual un rubí que el sol hiriese.
Arriba aumenta el resplandor gozando,
como la risa aquí; y la sombra crece
abajo, al par que aumenta la tristeza.
«Dios lo ve todo, y tu mirar se enela
—le dije santo espíritu, y no puede
para ti estar oculto algún deseo.
Por lo tanto tu voz, que alegra el cielo
con el cantar de aquellos fuegos píos
que con seis alas hacen su casulla,
¿por qué no satisface mis deseos?
No esperaría yo a que preguntaras