La Divina Comedia
La Divina Comedia si me intuara yo cual tú te enmías.»
«El mayor valle en que el agua se vierte
—sus palabras entonces me dijeron—
fuera del mar que a la tierra enguirnalda,
entre enemigas playas contra el curso
del sol tanto se extiende, que ya hace
meridiano donde antes horizonte.
Ribereño fui yo de aquellas costas
entre el Ebro y el Magra, que divide
en corto trecho Génova y Toscana.
Casi en un orto mismo y un ocaso
están Bugía y mi ciudad natal,
que enrojeció su puerto con su sangre.
Era llamado Folco por la gente
que sabía mi nombre; y a este cielo,
como él me iluminó, yo ahora ilumino;
que más no ardiera la hija de Belo,
a Siqueo y a Creusa dando enojos,
que yo, hasta que mi edad lo permitía;
ni aquella Rodopea que engañada
fue por Demofoonte, ni Alcides
cuando encerró en su corazón a Iole.
Pero aquí no se llora, mas se ríe,
no la culpa, que aquí no se recuerda,
sino el poder que ordenó y que provino.
Aquí se admira el arte que se adorna
de tanto afecto, y se comprende el bien