La Divina Comedia

La Divina Comedia

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De la naturaleza el gran ministro,

que la virtud del cielo imprime al mundo

y es la medida, con su luz, del tiempo,

a aquella parte arriba mencionada

junto, giraba por las espirales

que le traen cada día más temprano;

y yo estaba con él; mas del subir

no me di cuenta, como aquel que nota,

tras la idea, de dónde le ha venido.

Era Beatriz aquella que guiaba

de un bien a otro mejor, tan raudamente

que el tiempo no medía sus acciones.

¡Cuán luminosa debería ser

por sí, la que en el sol donde yo entraba

no por color, por luz era visible!

Aunque costumbre, ingenio y arte invoque

no diría lo nunca imaginado;

mas puede ser creído y desear verlo.

Y si son bajas nuestras fantasías

a tanta altura, no hay por qué extrañarse;

que más que el Sol no hay ojos que hayan visto.

Tal se mostraba la cuarta familia

del Alto Padre, que siempre la sacia,

mostrando cómo espira y cómo engendra.

Y comenzó Beatriz: «Dale las gracias

al angélico sol, puesto que a éste

sensible te ha traído a gusto suyo.»


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