La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Nunca hubo un corazón tan entregado

a devoción y a someterse a Dios

prestamente con toda gratitud,

como yo al escuchar esas palabras;

y tanto todo en él mi amor se puso,

que a Beatriz, eclipsó en el olvido.

No se enfadó; mas se rió en tal forma,

que el esplendor de sus risueños ojos

mi mente unida dividió en más cosas.

Muchos fulgores vivos y triunfantes

vi en torno nuestro como una corona,

en voz más dulce que en rostro lucientes:

ceñida así la hija de Latona

vemos a veces, cuando el aire es denso,

y retiene los restos de su halo.

En la corte celeste que he dejado,

bellas y ricas se hallan muchas joyas

que no pueden sacarse de aquel reino;

y de éstas era el canto de las luces;

quien no tiende sus plumas a lo alto,

como de un mudo espera las noticias.

Luego, cantando así, los rojos soles

a nuestro alrededor tres vueltas dieron,

cual astros cerca de los polos fijos,

pareciendo mujeres que no rompen

su danza, más calladas se detienen

para escuchar la nueva melodía;


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