La Divina Comedia
La Divina Comedia que no recuerdo tengo que dejarla.
Recobraron mis ojos la potencia
de levantarse; y nos vi trasladados
solos mi dama y yo a gloria más alta.
Bien advertà que estaba más arriba,
por el Ãgneo esplendor de aquella estrella,
mucho más rojo de lo acostumbrado.
De todo corazón, con la palabra
común, hÃcele a Dios un holocausto,
como a la nueva gracia convenÃa.
Y apagado en mi pecho aún no se hallaba
del sacrificio el fuego, cuando supe
que era mi ofrenda fausta y recibida;
que con tan grande brillo y tanto fuego
un resplandor salÃa de sus rayos
que dije: «¡Oh Helios, cómo los adornas!»
Cual con mayores y menores luces
blanquea la Galaxia entre los polos
del mundo, y a los sabios pone en duda;
asà formados hacÃan los rayos
en el profundo Marte el santo signo
que del cÃrculo forman los cuadrantes.
Aquà vence al ingenio la memoria;
que aquella Cruz resplandecÃa a Cristo,
y no encuentro un ejemplo digno de ello;
mas quien toma su cruz y a Cristo sigue,
podrá excusarme de eso que no cuento