La Divina Comedia
La Divina Comedia del libro en que el pasado se consigna.
Si ahora sonasen todas esas lenguas
que hicieron Polimnía y sus hermanas
de su leche dulcísima más llenas,
en mi ayuda, ni un ápice dirían
de la verdad, cantando la sonrisa
santa y cuánto alumbraba al santo rostro.
Y así al representar el Paraíso,
debe saltar el sagrado poema,
como el que halla cortado su camino.
Mas quien considerase el arduo tema
y los humanos hombros que lo cargan,
que no censure si tiembla debajo:
no es derrotero de barca pequeña
el que surca la proa temeraria,
ni para un timonel que no se exponga.
«¿Por qué mi rostro te enamora tanto,
que al hermoso jardín no te diriges
que se enflorece a los rayos de Cristo?
Este es la rosa en que el verbo divino
carne se hizo, están aquí los lirios
con cuyo olor se sigue el buen sendero.»
Así Beatriz; y yo, que a sus consejos
estaba pronto, me entregué de nuevo
a la batalla de mis pobres ojos.
Como a un rayo de sol, que puro escapa
desgarrando una nube, ya un florido