La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Por eso repliqué: «Cuantos mordiscos

pueden volver a Dios un corazón,

juntos mi caridad han fomentado:

que el que yo exista y el que exista el mundo,

la muerte que Él sufrió y por la que vivo,

y lo que esperan como yo los fieles,

con el conocimiento que antes dije,

me han sacado del mar del falso amor,

y del derecho me han puesto en la orilla.

Las frondas que enfrondecen todo el huerto

del eterno hortelano, yo amo tanto,

cuanto es el bien que de Él desciende a ellas.»

Cuando callé, un dulcísimo canto

resonó por el cielo, y mi señora

«Santo, santo», decía con los otros.

Y como ahuyenta el sueño una luz viva,

pues la vista se acerca al resplandor

que atraviesa membrana tras membrana,

y al despertado aturde lo que mira,

pues tan torpe es la súbita vigilia

mientras la estimativa no le ayuda;

lo mismo de mis ojos cualquier mota

me quitaron los ojos de Beatriz,

con rayos que mil millas refulgían:

y vi después mucho mejor que antes;

y casi estupefacto pregunté

por una cuarta luz tras de nosotros.


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