La Divina Comedia
La Divina Comedia que hace del medio al fin el primer clima;
viendo, pasado Cádiz, la insensata
ruta de Ulises, y la playa donde
fue dulce carga Europa al otro lado.
Y hubiera descubierto aún más lugares
de aquella terrezuela, pero el sol
bajo mis pies distaba más de un signo.
La mente enamorada, que requiebra
siempre a mi dama, más que nunca ardía
por dirigir de nuevo a ella mis ojos;
y si es el cebo el arte o la natura
que atrae los ojos, y la mente atrapan
ya con la carne viva o ya pintada,
juntas nada serían comparadas
al divino placer que me alumbró,
al dirigirme a sus ojos rientes.
Y el vigor que me dio aquella mirada,
me dio impulso hasta el cielo más veloz
al separarme del nido de Leda.
Sus partes mas cercanas o distantes
son tan iguales, que decir no puedo
la que escogió Beatriz para mi entrada.
Mas ella que veía mis deseos,
empezó con sonrisa tan alegre,
cual si Dios en su rostro se gozase:
«El ser del mundo, que detiene el centro
y hace girar en torno a lo restante,