La Divina Comedia
La Divina Comedia Por todo el arenal, muy lentamente,
llueven copos de fuego dilatados,
como nieve en los Alpes si no hay viento.
Como Alejandro en la caliente zona
de la India vio llamas que caían
hasta la tierra sobre sus ejércitos;
por lo cual ordenó pisar el suelo
a sus soldados, puesto que ese fuego
se apagaba mejor si estaba aislado,
así bajaba aquel ardor eterno;
y encendía la arena, tal la yesca
bajo eslabón, y el tormento doblaba.
Nunca reposo hallaba el movimiento
de las míseras manos, repeliendo
aquí o allá de sí las nuevas llamas.
Yo comencé: «Maestro, tú que vences
todas las cosas, salvo a los demonios
que al entrar por la puerta nos salieron,
¿Quién es el grande que no se preocupa
del fuego y yace despectivo y fiero,
cual si la lluvia no le madurase?»
Y él mismo, que se había dado cuenta
que preguntaba por él a mi guía,
gritó: « Como fui vivo, tal soy muerto.
Aunque Jove cansara a su artesano
de quien, fiero, tomó el fulgor agudo
con que me golpeó el último día,