La Divina Comedia
La Divina Comedia su reconocimiento a mi memoria;
e inclinando la mía hacia su cara
respondí: «¿Estáis aquí, señor Brunetto?»
«Hijo, no te disguste —me repuso—
si Brunetto Latino deja un rato
a su grupo y contigo se detiene.»
Y yo le dije: «Os lo pido gustoso;
y si queréis que yo, con vos me pare,
lo haré si place a aquel con el que ando.»
«Hijo —repuso—, aquel de este rebaño
que se para, después cien años yace,
sin defenderse cuando el fuego quema.
Camina pues: yo marcharé a tu lado;
y alcanzaré más tarde a mi mesnada,
que va llorando sus eternos males.»
Yo no osaba bajarme del camino
y andar con él; mas gacha la cabeza
tenía como el hombre reverente.
Él comenzó: «¿Qué fortuna o destino
antes de postrer día aquí te trae?
¿y quién es éste que muestra el camino?»
Y yo: «Allá arriba, en la vida serena
—le respondí— me perdí por un valle,
antes de que mi edad fuese perfecta.
Lo dejé atrás ayer por la mañana;
éste se apareció cuando a él volvía,
y me lleva al hogar por esta ruta.»