La Divina Comedia

La Divina Comedia

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«Si el horror de este suelo movedizo

vuelve nuestras plegarias despreciables

—uno empezó— y la faz negra y quemada,

nuestra fama a tu ánimo suplique

que nos digas quién eres, que los vivos

pies tan seguro en el infierno arrastras.

Éste, de quien me ves pisar las huellas,

aunque desnudo y sin pellejo vaya,

fue de un grado mayor de lo que piensas,

pues nieto fue de la bella Gualdrada;

se llamó Guido Guerra, y en su vida

mucho obró con su espada y con su juicio.

El otro, que tras mí la arena pisa,

es Tegghiaio Aldobrandi, cuya voz

en el mundo debiera agradecerse;

y yo, que en el suplicio voy con ellos,

Jacopo Rusticucci; y fiera esposa

más que otra cosa alguna me condena.»

Si hubiera estado a cubierto del fuego,

me hubiera ido detrás de ellos al punto,

y no creo que al guía le importase;

mas me hubiera abrasado, y de ese modo

venció el miedo al deseo que tenía,

pues de abrazarles yo me hallaba ansioso.

Luego empecé: «No desprecio, mas pena

en mi interior me causa vuestro estado,

y es tanta que no puedo desprenderla,


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