La Divina Comedia
La Divina Comedia Ya estaba donde el resonar se oía
del agua que caía al otro círculo,
como el que hace la abeja en la colmena;
cuando tres sombras juntas se salieron,
corriendo, de una turba que pasaba
bajo la lluvia de la áspera pena.
Hacia nosotros gritando venían:
«Detente quien parece por el traje
ser uno de la patria depravada.»
¡Ah, cuántas llagas vi en aquellos miembros,
viejas y nuevas, de la llama ardidas!
me siento aún dolorido al recordarlo.
A sus gritos mi guía se detuvo;
volvió el rostro hacia mí, y me dijo: « Espera,
pues hay que ser cortés con esta gente.
Y si no fuese por el crudo fuego
que este sitio asaetea, te diría
que te apresures tú mejor que ellos.»
Ellos, al detenernos, reemprendieron
su antiguo verso; y cuando ya llegaron,
hacen un corro de sí aquellos tres,
cual desnudos y untados campeones,
acechando a su presa y su ventaja,
antes de que se enzarcen entre ellos;
y con la cara vuelta, cada uno
me miraba de modo que al contrario
iba el cuello del pie continuamente.
