La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Ahora bajamos por tal escalera:

sube delante, quiero estar en medio,

porque su cola no vaya a dañarte.»

Como está aquel que tiene los temblores

de la cuartana, con las uñas pálidas,

y tiembla entero viendo ya el relente,

me puse yo escuchando sus palabras;

pero me avergoncé con su advertencia,

que ante el buen amo el siervo se hace fuerte.

Encima me senté de la espaldaza:

quise decir, mas la voz no me vino

como creí: «No dejes de abrazarme.»

Mas aquel que otras veces me ayudara

en otras dudas, luego que monté,

me sujetó y sostuvo con sus brazos.

Y le dijo: «Gerión, muévete ahora:

las vueltas largas, y el bajar sea lento:

piensa en qué nueva carga estás llevando.»

Como la navecilla deja el puerto

detrás, detrás, así ésta se alejaba;

y luego que ya a gusto se sentía,

en donde el pecho, ponía la cola,

y tiesa, como anguila, la agitaba,

y con los brazos recogía el aíire.

No creo que más grande fuese el miedo

cuando Faetón abandonó las riendas,

por lo que el cielo ardió, como aún parece;


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