El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Al oÃr estas palabras, todos se quedaron asombrados y mudos, pintándose en sus semblantes la sorpresa y el disgusto que semejante proceder en Manuela les causaba, habiendo sido hasta allà una buena hija. La pobre madre dejó caer el papel de las manos y quedó un momento con la cabeza inclinada, fijos los ojos en tierra, abatida, silenciosa, sombrÃa, como insensata, hasta que un rato después hizo estallar su dolor en terribles sollozos. Acudieron a abrazarla y a consolarla su ahijada y los tÃos, sin saber qué decirle, sin embargo para calmar su pena.
—¿Y a quién quejarme ahora? —exclamó—. Aconséjenme ustedes —dijo—, ¿qué haré?
—Veremos al prefecto —respondió el tÃo de Pilar—. Es necesario que la autoridad tome sus providencias.
—Pero ¡qué providencias! —repuso la anciana—, cuando ven ustedes que las autoridades mismas no se atreven a salir de la población ni tienen tropas ni manera de hacerse respetar… ¡Sà estamos abandonados de Dios! —añadió desesperada.
—Pero ¿quién podrá ser, pues, el hombre que se la ha llevado? —dijo Pilar—, porque yo no atino absolutamente y es preciso tener siquiera una sospecha que sirviera de indicación…