El Zarco. La Navidad en las montanas

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—¡Y estar yo sola, absolutamente sola! —exclamó doña Antonia, torciéndose las manos de dolor—. ¡Ah! ¡Cómo han abusado de una infeliz vieja, viuda y desamparada!

—No tan sola, madrina, no está usted tan sola —replicó vivamente Pilar—. ¿No cuenta usted con la amistad de Nicolás?

—Es verdad, hija mía, lo había olvidado en mi desesperación. Tengo a ese hombre generoso, que todavía ayer me decía que sin interés ninguno en Manuela, de quien estaba seguro que no lo quería, podía yo contar enteramente con su apoyo. Tienes razón, voy a escribirle al momento.

—No es preciso —dijo el tío de Pilar—; yo voy a ensillar en un instante y corro a Atlihuayan para traer a Nicolás. Es necesario que nos ayude a indagar esto.

El anciano se levantaba para cumplir su oferta, cuando se oyó el ruido de un caballo en la calle y un hombre se apeo en la puerta de la casa.

Era el herrero de Atlihuayan. Todos se levantaron para correr hacía él; doña Antonia se adelanto y apenas pudo tenderle los brazos y decirle sollozando:

—¡Nicolás, Manuela se ha huido!

El joven se puso densamente pálido y murmuro tristemente, con un amargo desdén:

—¡Ah!, ¡sí, mis sospechas se confirman!


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