El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Preferiría yo verla muerta a saber que está en brazos de un ladrón y asesino como ése —dijo resuelta doña Antonia—. No es ahora sólo dolor lo que siento, es vergüenza, es rabia… Quisiera ser hombre y fuerte, y le aseguro a ustedes que iría a buscar a esa desdichada aunque me mataran; ¡mejor para mí! ¡Un plateado! ¡Un plateado! —murmuró convulsa de ira.

—Pues bien, señora, yo estoy dispuesto a hacer lo que usted quiera, por más que me parezca inútil la persecución, no tanto por la gente que acompaña al Zarco, sino por la voluntad terminante con que Manuela lo ha seguido. Verdaderamente, no ha habido rapto.

—Pero ¿yo puedo consentir en que mi hija, por más loca de amor que esté, siga a un bandido? ¿Y mis derechos como madre?

—Sus derechos de usted como madre no pueden ser representados sino por la autoridad en este caso, careciendo usted de un pariente próximo —dijo el tío de Pilar—. Nosotros ayudaremos a la autoridad, pero es necesario que ella sea quien ordene. ¿Y cree usted que se atreverá con esos bandoleros, cuando apenas puede hacerse obedecer en la población?

—Pero si quisiera…; hoy llega la caballería del gobierno.


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