El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Pues se equivoca usted, amigo —gritó el comandante—. Yo no necesito de la fuerza armada para castigar a los que me insultan. Yo sé corregirlos hombre a hombre.

—¡Sería de ver! —respondió Nicolás, con una sonrisa de desprecio—. Y precisamente —añadió—, por aquí cerca de Yautepec hay algunos lugares bastantes solitarios en que podría dar pruebas de ese valor. Deje usted aquí a su tropa, montaremos a caballo los dos y nos iremos juntos a escoger el sitio a propósito.

—¿Sí, me desafía usted? —preguntó el militar, lívido de rabia.

—Yo acepto, señor comandante. Usted ha dicho que es muy capaz de castigar a los que le insultan hombre a hombre y sin valerse de la fuerza. Yo acepto y estoy dispuesto, con iguales armas y donde a nadie favorezca más que su propio valor.

—Bueno —dijo el comandante—, ahora verá usted si soy capaz.

Y saliendo precipitadamente de la habitación, gritó a varios soldados que estaban por ahí:

—¡Hola, sargento préndanme ustedes a ese pícaro y ténganlo en el cuartel con centinela de vista! Si se mueve mátenlo.

—¡Bonita manera de arreglar las cosas hombre a hombre! —murmuró Nicolás, mirando al comandante con un gesto de profundísimo desdén.


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