El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas —Este muchacho —respondió el prefecto palideciendo, porque temió algún desmán del soldadote, que como todos los de su ralea era un gran insolente con los hombres honrados y pacÃficos—, este señor es, en efecto, un vecino muy honrado y muy apreciable, que ha prestado muy buenos servicios a los pueblos y que es muy estimado de todos.
—Pues no le valdrá todo eso de nada para evitar que yo lo fusile —dijo el comandante—; yo le enseñaré a faltar el respeto a los militares.
Nicolás se cruzó de manos impasible y contestó sin arrogancia, pero con un acento frÃo y altivo:
—Haga usted lo que quiera, señor militar; usted tiene allà su fuerza armada. Yo estoy solo, sin armas y delante de la autoridad de mi población. Puede usted fusilarme, no lo temo y ya lo estaba yo esperando. Era muy natural: no ha podido usted o no ha querido perseguir o fusilar a los bandidos a quienes era necesario combatir arriesgando algo, y le es a usted más fácil asesinar a un hombre honrado que le recuerda a usted sus deberes. Es claro…, esto no será glorioso para usted, pero sà lo único que puede y sabe hacer.
—¿De manera que usted cree que yo me valgo de la fuerza para castigar la insolencia de usted?
—Asà lo creo —repuso Nicolás, siempre cruzado de brazos y con un acento frÃo y seguro.