El Zarco. La Navidad en las montanas

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Refirióles en pocas palabras lo que acababa de suceder, y agotadas sus fuerzas por tantos sufrimientos, débil, extenuada, porque no había tomado alimento alguno desde la mañana y habiéndose empapado de agua en la huerta, al hacer sus primeras pesquisas, se arrojó en la cama temblando de fiebre. Su ahijada y aquellas gentes piadosas le prodigaron los primeros cuidados. Pero la bella y buena joven, tan luego como aplicó las medicinas necesarias a su madrina, comenzó a ocuparse en otra cosa que la había conmovido hasta el fondo del alma.

La noticia de la prisión de Nicolás había sido para ella un rayo. Se sintió trastornada, pero disimuló cuanto pudo su ansiedad y su congoja en presencia de sus tíos y de aquellas gentes extrañas, tomó su rebozo, y pretextando que iba a traer algunas medicinas, se lanzó a la calle.

¿Adónde iba? Ni ella misma lo sabía; pero sentía la necesidad de ver a Nicolás, de hablarle, de ver a algunas personas, de procurar, en fin, salvar a aquel joven generoso que tiempo hacía era el ídolo de su corazón, ídolo tanto más amado cuanto que había tenido que rendirle culto en silencio y en presencia de una rival muy querida de él y muy querida también de ella.


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