El Zarco. La Navidad en las montanas

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En otras circunstancias, ella, dulce, resignada por carácter, tímida y ruborosa, habría muerto antes que revelar el secreto que hacía al mismo tiempo la delicia y el tormento de su corazón. Pero en aquellos momentos, cuando la vida del joven estaba peligrando y lo suponía desamparado de todos y entre las garras de aquellos militares arbitrarios y feroces, la buena y virtuosa joven no tuvo en cuenta su edad ni su sexo; no reparó en que su educación retraída había producido el aislamiento en torno suyo; no temió para nada el qué dirán de las gentes de su pueblo; no pensó más que en la salvación de Nicolás, y por conseguirla salió de la casa de su madrina y se dirigió apresuradamente al cuartel en que le habían dicho que acababan de poner incomunicado al herrero.

Éste no se hallaba en prisión alguna, porque aquel cuartel provisional estaba en una casa de la población que no tenía las condiciones requeridas. Así que Nicolás había sido puesto en un portal que daba a la calle, y allí lo guardaban dos centinelas de vista y la guardia, que se hallaba alojada allí mismo. De modo que la joven pudo verlo desde luego, mezclándose al grupo de gente que se había acercado a la casa por curiosidad.

Pilar se salió del grupo, y adelantándose hacia el prisionero, que reparó en ella en el instante, y que se levantó en ademán de recibirla, no pudo pronunciar más que esta palabra, entre ahogados sollozos:


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