El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas —¡Nicolás!
Y calló de rodillas en el suelo, muda de dolor y anegada en llanto.
Nicolás iba a hablarle, pero el sargento de la guardia se interpuso, y algo compadecido de la joven le dijo:
—Sepárese, señorita, porque el reo está incomunicado y no puede hablarle.
—¡Pero si es mi…, pero si es pariente mÃo! —dijo Pilar en ademán de suplica.
—No le hace —replicó el sargento—, no puede usted hablarle; lo siento mucho, pero es la orden.
—¡Una palabra nada más! ¡Por compasión déjeme usted hablarle una sola palabra!
—No se puede, niña —dijo el sargento—; retÃrese usted; si viene el comandante puede que la maltrate, y es mejor que se vaya.
—¡Qué me mate —dijo ella—, pero que se salve él!