El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Pasó, por la cabeza de Nicolás como un vértigo; todo aquello era superior a sus fuerzas, con ser ellas tantas, y con tener un carácter de bronce, como el suyo, fundido al fuego de todos los sufrimientos. No quiso ver más; cubrióse el rostro con las manos, como para no dejar ver dos lágrimas que brotaron de sus ojos. Pero pasado ese instante de crisis tremenda, se levantó de nuevo par ver a Pilar. Ésta, empujada suavemente por el sargento, se alejaba del cuerpo de guardia, pero volvÃa frecuentemente la cabeza buscando a Nicolás. En una de esas veces, Nicolás le dio las gracias poniendo la mano sobre su corazón y le hizo seña de que se alejara. ¡Hubiera querido expresarle con el ademán cuanto gozaba sabiendo que era amado por ella, y asegurarle que, en aquel momento, un amor profundo y tierno acababa de germinar en su corazón sobre las cenizas de su amor malsano de los pasados dÃas!
Pero aquella gente curiosa, aquellos soldados le habÃan impedido tal expansión, y más que todo, su sorpresa, su aturdimiento, casi podrÃa decirse su felicidad. AsÃ, pues, volvió a caer desplomado en el banco de piedra en que le habÃan permitido sentarse y se abandonó a profundas y amargas reflexiones.