El Zarco. La Navidad en las montanas

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Pilar, entretanto, no descansó un instante. Fue a ver al prefecto, a quien encontró precisamente con los regidores y alcaldes, y con los dependientes de la hacienda, que deliberaban acerca de lo que debía hacerse para evitar que Nicolás fuese llevado preso. La joven se presentó a ellos llorando, les suplicó que a toda costa no abandonasen a Nicolás, y que si era posible en la marcha, porque tal vez eso evitaría que se cometiese un crimen en el camino, y no se retiró sino cuando le aseguraron que, sino conseguían libertarlo inmediatamente, acompañarían a la tropa.

Después se volvió a su casa y preparó algún alimento que llevó al prisionero ella misma, teniendo cuidado de confiarlo al sargento que antes le había hablado, y a quién deslizo una moneda en la mano, rogándole que dijese al preso que no tuviese cuidado, que velarían por él.








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