El Zarco. La Navidad en las montanas

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Nicolás comprendió que la joven había hecho mil gestiones en su favor, pero ¿cuáles fueron esas gestiones, y de qué modo y quiénes velarían por él? Eso no lo sabía, ni necesitaba saberlo. Desde aquel momento, algo como la confianza de un ser divino se hizo lugar en su ánimo. Había un ángel que lo protegía y por más que el herrero supiese que Pilar era una niña oscura, débil, tímida, sin relaciones poderosas, algo le decía íntimamente que esa niña, inspirada por el amor, se había convertido en una mujer fuerte, atrevida y fecunda en recursos.

Así pues, reanimado con aquella seguridad interior, ya no temió por su existencia y se abandonó a su muerte confiado y tranquilo.

Apenas acababa de hacer estas reflexiones consoladoras y de tomar algún alimento, cuando se tocó en el cuartel la botasilla y la tropa se preparó a marchar.

Un rato después trajeron a Nicolás un caballo flaco y mal ensillado, y lo obligaron a montar en él, y a colocarse entre las filas. Luego se formó la caballería, y el comandante llegó casi ebrio, y poniéndose a la cabeza de la tropa, salió de la población mirando con ceño a los numerosos grupos de gente que se agolpaban en las calles para manifestar su interés a favor del joven herrero, que marchaba tranquilo en medio de los dragones.


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