El Zarco. La Navidad en las montanas

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Nicolás buscaba con anhelo entre aquellos grupos a la bella niña, y no encontrándola, su frente se nublo. Pero al llegar la tropa a la orilla del pueblo, y entrando en el camino que conduce a Cuautla por las haciendas, se encontró un gran grupo de gente a caballo, compuesto del prefecto, de los regidores, del administrador de Atlihuayan, de sus dependientes y de otros particulares muy bien armados. Junto a ello y en la puerta de una cabaña, al extremo de una gran huerta, se hallaban Pilar y sus tíos. La hermosa joven tenía los ojos encarnados, pero se mostraba tranquila y procuró sonreír a Nicolás y al decirle adiós, como diciéndole: Hasta luego.

Nicolás, al verla, ya no pensó más en su situación, sintió solamente el vértigo del amor, el golpe de sangre que afluía a su corazón, que ofuscaba sus ojos con un dulce desvanecimiento. Púsose encendido, saludó a Pilar con apasionado cariño, y volvió varias veces la vista para fijar en ella una mirada de adoración y de gratitud. La amaba profundamente; aquel amor acababa de germinar en su alma y había echado ya hondas raíces en ella. En tres horas había vivido la vida de tres años, y había poblado aquella fantasía ardiente con todos los sueños de una dicha retrospectiva y malograda.

Por su parte, Pilar no ocultaba ya sus sentimientos desde el instante que ellos estallaron con motivo del terrible riesgo que estaba corriendo Nicolás. Salvarlo era ahora todo su objeto, y poco le importaba lo demás.


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