El Zarco. La Navidad en las montanas

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El comandante decidió, pues, soportar aquella afrenta, pero no soltar a Nicolás. Volvió hacía el grupo en que se hallaba el prefecto, y le dijo:

—¿De manera qué ustedes han salido para quitarme al reo, al hombre?

—No señor —replicó el prefecto—; ya hemos dicho a usted que nuestro objeto es seguirle hasta Cuautla o hasta México, y no podrá usted acusarnos de agresión alguna.

—¡Era bueno que ustedes mostraran esta resistencia contra los bandidos, como la muestran contra las tropas del gobierno!

—Sí, la mostraremos —replicó indignado el prefecto—, si las tropas del gobierno en lugar de perseguir a esos bandidos, pues para eso les pagan, no se emplearan en perseguir a los hombres de bien. Se le ha ofrecido el auxilio de hombres de aquí para perseguir a los plateados y usted no ha querido, y precisamente ése es el delito por el que lleva usted preso a ese honrado sujeto.

—Bueno, bueno —dijo el comandante—, pues ya veremos quien tiene razón; síganme ustedes a donde quieran, que lo mismo me da…

Y mando continuar la marcha.

El prefecto siguió al lado de la columna de caballería, pero Nicolás pudo ya estar seguro de que nada le sucedería.


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