El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Por eso vamos a ver a esos jefes de usted —replicó el prefecto con decisión.

—Pues entonces es inútil que ustedes me acompañen, porque mis jefes no están en Cuautla, sino en México.

—Pues iremos a México —insistió el prefecto, secundado por el administrador de Atlihuayan, que también repitió—: ¡Sí, señor, iremos a México!

—Y, ¿si yo no lo permito?

—Usted no puede impedir que sigamos a la tropa de usted. Yo soy el prefecto de Yautepec, conmigo vienen el Ayuntamiento y varios vecinos honrados y pacíficos, ¿con qué derecho nos podría usted evitar que fuésemos a donde usted va?

—Pero ¿saben ustedes que ya me está fastidiando esta farsa y que puedo hacer que se concluya?

—Haga usted lo que guste; nosotros haremos entonces lo que debemos.

El comandante estaba furioso. Mandó hacer alto a su caballería y conferenció un momento con sus capitanes. Tal vez hubiera querido cometer una arbitrariedad, pero no era fácil que ella quedara impune. El prefecto estaba allí acompañado del Ayuntamiento, de los dependientes de la hacienda de Atlihuayan y de numerosos vecinos bien montados y armados. En un momento podían reunírsele otros vecinos, aunque sin armas, y tomar aquello un aspecto formidable.


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