El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Usted debe saberlo —respondió secamente el prefecto, que parecía más resuelto, apoyado como estaba por numeroso vecinos bien armados—. Yo sólo sé que soy aquí la primera autoridad política del distrito, y que no tengo superior en él en lo relativo a mis facultades. El señor juez de primera instancia es también la primera autoridad del distrito en el ramo judicial; él está aquí, porque lo es actualmente el señor alcalde. Así es que supuesto que usted se lleva preso a un ciudadano que de uno o de otro modo debería estar sometido a nuestra jurisdicción, claro es que va usted a presentarlo a alguna autoridad que sea superior a la nuestra, y nosotros vamos a presentarnos también a esa autoridad para informarle de todo y para lo que haya lugar.

—Pero ¿sabe usted qué yo tengo facultades para hacer lo que hago? —dijo el militar, queriendo salir del aprieto en que lo habían puesto las razones del prefecto.

—No, no lo sé —contestó éste—, usted no ha tenido la bondad de enseñarme la orden que así lo diga, ni a mí se me ha comunicado nada por el gobierno del Estado, que es mi superior. Si usted trae la orden… puede enseñármela.

—Yo no tengo que enseñarle a usted órdenes ningunas —respondió el militar con altanería—. Yo no recibo órdenes más que de mis jefes, ni tengo que dar cuenta de mi conducta más que a mis jefes.


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